El café turco
No conozco a nadie que no recuerde su primer viaje a Estambul como un cúmulo de emociones.
Emociones provocadas por sus preciosos atardeceres —que, como mejor se disfrutan, es desde los vapur, los barcos de transporte público con los que los turcos cruzan el Bósforo todos los días para ir a trabajar o a clase—; por el rezo que suena cinco veces al día desde los minaretes y te saca de tus pensamientos, transportándote a un lugar sagrado, íntimo, que solo tú conoces y entiendes; y, por supuesto, por la legendaria cocina, los sabores y olores que te envuelven para no soltarte nunca.
Historia y culturas que conviven
Estambul, con sus más de 16,5 millones de habitantes, es historia viva. Fundada como Bizancio, luego llamada Constantinopla y hoy Estambul, ha sido hogar de cristianos, musulmanes y judíos. Sus iglesias, mezquitas y sinagogas siguen coexistiendo. Cada piedra, cada calle, cada barrio, es testigo de siglos de culturas que se encuentran, chocan y se abrazan, dejando su huella y dando forma a la ciudad fascinante que es hoy.
Esta inmensa ciudad no solo se recorre, se degusta. Si bien todos conocemos el desayuno y los típicos dulces turcos como el baklava o el künefe, hoy vengo a hablaros del café. Y es que, en Turquía, el café turco no es solo una bebida: es un gesto, una pausa, una forma de honrar el momento y a la persona que tienes delante.
De Yemen al palacio: el origen del café
Estambul conoció el café en el siglo XVI, cuando Özdemir Paşa, gobernador de Yemen, llevó aquel misterioso grano al palacio. El café turco, que hoy forma parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, se prepara lentamente en un cezve de cobre, con espuma espesa y aroma intenso. Se sirve en pequeñas tazas decoradas y pintadas a mano, acompañado de un vasito de agua. Se comparte sin prisa y, cuando se acaba, todavía queda la magia del fal, la lectura de la fortuna en los posos.


Bir fincan kahvenin kırk yıl hatrı vardır: cuarenta años de recuerdo
Nosotros decimos: “Bir fincan kahvenin kırk yıl hatrı vardır”, en castellano, “una taza de café se recuerda durante cuarenta años”.
Porque ofrecer café es una forma de ofrecer cariño: a los amigos, a la familia, a los invitados, y por supuesto, también a uno mismo.
El ritual se disfruta tanto en compañía como en silencio, deleitándose con cada sorbo denso e intenso.

